domingo 7 de junio de 2009

EL ME ENGAÑÓ



No podía creerlo, me sentía traicionada, vejada, ultrajada, miré a mi amiga y ví que movía las manos y los labios tratando de decirme algo, talvez de explicarme lo que había pasado, más yo no escuchaba nada, solo retumbaban en mis oídos las frases de amor que él solía repetirme, cerré los ojos por un momento y ví su rostro, ‘no, no es verdad’ me dije a mí misma, lo dije para mis adentros.

Luego de un prolongadísimo silencio, en el que sin pausa ni mesura bebí dos vasos de vodka tonic, una de las chicas preguntó cómo me sentía, ‘cómo crees’ le respondí de la manera más grosera y malcriada que pude hacerlo, luego le pediría disculpas por mi actitud, a pesar de todo tenía claro que ninguna de las presentes (salvo yo misma) tenían la culpa de lo sucedido.

Dejé que pasen unos minutos más mientras el silencio incomodísimo seguía acorralándonos, hasta que una de las presentes se levantó y rompió la mudez reinante, puso algo de música y preguntó si alguna de las presentes quería tomar algo más, ‘sí, sírveme otro trago, lo necesito’, mi voz fue la única que se oyó.

Al cabo del segundo sorbo, que me ayudó a recobrar los sentidos, dije casi por inercia: ‘Ok., ya estoy mejor, cuéntame nuevamente todo, y por favor no omitas ningún detalle, sé clara y directa’, mientras me volteé hacia ella y me acomodé en el sillón para escuchar mejor.

Me dijo que era difícil contarme lo sucedido pero que lo hacía porque somos amigas, q
ue había pensado mucho en lo que debía hacer. Primero pensó en no decirme nada pero luego desistió de callar, y por ello acudió a las demás chicas para que a modo de soporte emocional me ayuden a digerir la noticia, que habían organizado esa reunión precisamente por ese tema y que sin duda todas apoyarían la decisión que tome –fuera cual fuera- luego de saber lo sucedido.

Yo ya no podía hablar, miraba el anular de mi mano izquierda mientras esa pequeña piedra que significaba tanto relucía al contacto con la luz, quería quitármelo, tirarlo, romperlo, quería que se diluyera, que nada de lo que estaba sucediendo fuera verdad. Mis amigas estaban aturdidas, sentí que querían abrazarme, que todas querían decirme pero ninguna lo hacía, en ese momento la cobardía nos invadió a todas.

Estaba a tres meses de casarme y hasta un día antes habíamos estado finiquitando detalles de la ceremonia, habíamos elegido las flores, la iglesia, las invitaciones, los regalos, no podía cree lo que estaba pasando, no podía creer que él me estuviera engañando, no podía creerlo de él, no de él.

Comenzó el relato. Me contó que había sucedido hacía unos días, que ella estaba con su novio tomando unos tragos, estaban en un pub recientemente inaugurado, que el lugar era bonito y bastante acogedor, agregó -con algo de temor- (supongo que pensaría que podría reaccionar mal) que el sitio era bastante oscuro pero ‘preciso’ para parejas furtivas.

Se encontraba en ese sitio cuando vio ingresar una pareja que le llamó la atención, dijo que le pareció ver a MI novio pero por lo oscuro del lugar no estaba segura que fuera él. Dijo que los siguió con la mirada mientras ellos se acomodaron en una de las mesas más escondidas, al final del salón.

Dijo que se besaban desesperadamente y que cada momento que pasaba ella –mi amiga- estaba más segura de que ese hombre era MI novio y que esa mujer, definitivamente no era yo. Con el pretexto de ir al servicio higiénico pasó al lado de ellos y pudo comprobar que efectivamente aquel tipo que besaba a su pareja de manera apasionada era quien ella creyó.

Cuando por fin pidieron la cuenta, mi amiga y su novio hicieron lo mismo. Le rogó a su novio seguirlos en el auto y a regañadientes accedió. Dijo que entraron a un hotel mientras mi amiga y su novio les siguieron los pasos, el novio de ella con el fin de tener sexo y mi amiga con el fin de espiar a MI novio, y no paró hasta que los vio ingresar juntos a una habitación.

Al siguiente día mi amiga llamó a mi novio, le pidió verse, le mintió diciendo que tenía qu
e hablar algo referente a nuestra próxima boda, él accedió. Mi amiga dice que estaba molesta, que sentía rabia, que no iba a dejar que él me siga engañando pero trató de aparentar tranquilidad, quería saber –primero- que tanto engaño había de por medio.

Le dijo que lo había visto en el pub y luego ingresar al hotel, que no podía creer lo que él me estaba haciendo, le preguntó porqué lo hacía. Lo primero que él hizo fue preguntar si yo sabía algo, si ya me lo había contado, ella le dijo que no, que primero quería saber su verdad y que luego tomaría una decisión.

Él le confesó, previa promesa de parte de ella de no decirme nada, que esa mujer efectivamente era su amante, que vivían un romance –sin importancia- desde hacia casi un año, que él me amaba y que con ella solo ‘la pasaba bien’, que iba a acabar ese furtivo romance antes de la boda. Juró que lo haría, que sería el esposo más fiel y leal que cualquier mujer pudiera tener.

Mi amiga le increpó lo que estaba haciendo, le dijo que no podía callar, que no podía permitir que yo continúe siendo engañada; al mismo tiempo él rogaba que yo no supiera nada. Finalmente, mi amiga le dijo que no sabía lo que haría, que me quería demasiado para hacerme daño contándome la verdad pero que también se sentiría bastante mal sabiendo que MI novio me estaba engañando desde hacía tanto tiempo y ella sin decirme nada.

Después de esa conversación reunió a mis demás amigas y les contó lo sucedido, luego de mucho discutir coincidieron en que lo mejor era que yo sepa la verdad, que sea yo quien tome una decisión, y precisamente eso era lo que estaban haciendo, me estaban diciendo que mi novio de tres años, el que sería mi esposo en tres meses, me venía engañando de la manera más baja y vil.

Luego de tomar, hablar y llorar, terminé –además de media ebria- mucho más tranquila con lo sucedido. Ellas consolándome y yo preguntándome si aquel era el momento ideal para casarme, y él, el hombre con quien debería hacerlo. Talvez lo sucedido era lo mejor, aunque me cuestionaba el no haberme dado de lo que había estado pasando durante tanto tiempo.

Al día siguiente lo llamé, supo de inmediato cual sería el tema de nuestra conversación. Cuando nos vimos solo dije ‘lo sé todo’ e inmediatamente trató de abrazarme, se deshacía en justificaciones absurdas, me pedía perdón, para mi suerte él estaba al borde del llanto y yo me sentía aliviada.

Luego de los gritos, el llanto y los reproches me contó su verdad, dijo que había sido tentado y que absurdamente continuó con todo, que estaba arrepentido y me juro y rejuró que ya había
terminado con ella, que nunca más la vería, que era yo la mujer de su vida, me rogó que no lo deje.

Yo no le creí, si fue infiel una vez lo sería siempre, me dije a mí misma y luego se lo grité a él. Si no pensó lo que hacía no lo iba a pensar nunca más, si no le costó nada engañarme por tamnto tiempo no le costaría nada volver a hacerlo. Después de saber lo que estaba pasando, y de procesar la noticia, estaba decidida a terminar el compromiso, a decirle adiós.

Lo escuché pacientemente pero mi decisión estaba tomada. Lo miré con los ojos aún llorosos, le dije que sentía mucho lo que estaba sucediendo, que lo había amado mucho pero que lamentablemente él se había encargado, de un solo golpe, de matar ese gran amor.

Me quité el anillo y lo puse entre sus manos, le dije que talvez era lo mejor, y me fui, mientras él trataba de retenerme, mientras pedía que lo escuche unos minutos más.

Me alejé y lo dejé solo, acabado, desolado… ya no había nada más que hablar, que hacer ni que decir, ya la relación estaba mancillada, ya estaba acabada, ya no me iba a casar, al menos no en ese momento ni con ‘ese’ novio… afortunadamente.
Hoy, mirando atrás y completamente tranquila con respecto a lo pasado, puedo afirmar que terminar con ese noviazgo fue la mejor decisión que pude tomar, no lo dudo.

jueves 21 de mayo de 2009

CASI INFIEL


Casi tres años después de iniciada, nuestra relación estaba bastante mal y la verdad es que no sabía como escapar de ésta, cómo decir ‘hasta acá no más’, sentía pena (absurdamente) por dejar algo que en un momento fue simplemente estupendo, pero también pensaba en mí, en lo que sentía o –mejor dicho- en lo que ya no sentía por él.

Todas las veces que hablamos del tema, y mientras le explicaba que lo de nosotros ya no iba más, él se empeñaba en pedirme una nueva oportunidad, esgrimía argumentos válidos y también absurdos para que lo intentemos, y esa última vez dije que sí, aunque lo hice no muy convencida de ello.

En el ínterin de aquella oportunidad, tuvimos una discusión que me dejó muy alterada así que llena de rabia y rebosando furia, llamé a unas amigas y me fui de parranda. Estaba decidida a tomarme la noche libre y estaba empeñada en hacer lo que me viniera en gana pues no tendía ningún impedimento, físico moral o sentimental, que me prive de lo que la noche pudiera presentarme, y si lo hubiera habido, no lo hubiera siquiera considerado.

Me sentía tan bien que agarré algunos de los mejores trapos que encontré en mi clóset, sin remordimiento alguno me puse los jeans más ceñidos que encontré así como los tacos más altos, como para disimular mi corto metro 58 de estatura.

El bar estaba lleno de gente pero el ambiente estaba más que bueno así que de inmediato nos lanzamos, la cuatro mujeres, a la pista de baile, trago en mano, y dimos rienda suelta a la efusividad que queríamos agotar aquella noche.

Entre tanta gente divisé a un ‘amigo’ que me llamaba mucho la atención, que no estaba nada mal, y sí, me había gustado mucho desde la primera vez que lo ví; me parecía encantador, aunque no podía hacer nada (menos acercarme mucho) ya que en ese momento yo tenía novio.

Conversamos algunas veces y siempre era de todo un poco de todo, pero cada vez me atraía más, y creo que con el transcurso del tiempo él lo había notado. Las pocas veces que por ahí nos cruzábamos me ponía nerviosa y sentía que conforme pasaban los días ese pequeño gustito se acrecentaba más y más.

Él era alto (como me gustan los chicos), y solía verse bien, al menos para mí gusto; y entre uno y otro diálogo, siempre con gente a nuestro alrededor, me había preguntado un par de veces si seguía con ‘novio’, a lo que le respondía afirmativamente y no de muy buena gana.

A través de esas charlas pude conocer algunos de sus gustos y sobretodo me hizo saber que estaba solo, que había terminado hacía un tiempo su última relación de pareja y que le gustaría estar acompañado, talvez fue una indirecta, al menos eso quería yo creer.

Mi amigo se acercó y me saludó de una manera un poco fría, lo primero que hizo, luego del saludo, fue preguntarme por mi novio; cuando le dije que estaba sola y que pensaba ‘pasarla más que bien’ me llevó a la pista de baile de un brinco.

Confieso que hacía mucho tiempo que no me divertía tanto, a este chico le encantaba bailar y vaya que lo hacía bien, además le cayó de lo mejor a mis amigas, quienes sin perder el tiempo se lo disputaban, primero para bailar y después para ver quien de ellas podía llevárselo a ‘otro sitio’ al salir de la disco.

Como a las tres de la mañana decidimos emprender la digna retirada y él, como todo caballero, se ofreció a llevarnos a nuestras casas así que rápidamente las cuatro no acomodamos en su auto. Una de ellas me odió porque yo ocupé el asiento del copiloto, el mismo que ella quería, pero finalmente era 'mi amigo' y por eso me correspondía aquel lugar.

Conforme íbamos dejando a cada una de las chicas en sus casas, la conversación se ponía más amena y divertida, hasta que bajó la tercera de mis amigas. Para ese momento yo ya había olvidado que tenía novio, que estábamos dándonos una oportunidad y que –hasta ese momento- siempre le había sido fiel.

Me invitó a tomar un trago más, lo pensé por un momento y le respondí que no había problema pero que era peligroso tomar algo más, considerando que estaba manejando; así que me propuso algo mucho mejor: ‘vamos a mi depa’, tomamos algo y –si quieres- descansamos un rato’ dijo.

En cuestión de segundos pasó por mi mente mi novio y la fidelidad que debía tenerle aún estando peleados o disgustados el uno con el otro, el remordimiento no me duró mucho porque inmediatamente dije que sí, que me parecía una excelente idea.

Mientras él servía un par de tragos me pidió que me encargue de la música, buscando un poco encontré un excelente CD de jazz, que puse de inmediato, todo era perfecto: buena música, buen trago, buen ambiente, él y yo.

Brindamos por nosotros y por ‘ese momento’, luego del primer sorbo me acerqué a él, y no lo dejé hablar más, sentí sus labios, su lengua, sus ganas, y obviamente él sintió, además de mis ganas, que mi libido marcaba más de mil.

Nos besamos, nos tocamos, nuestras respiraciones se agitaron. Cuando me percaté él ya estaba encima mio, lo sentía, aunque lo que más sentí su falo absolutamente listo para entrar en mí, el deseo no me dejaba pensar más que en eso, en el momento en sentirlo dentro mío.

Se tomó su tiempo, fue tierno por momentos, excitante y muy ardiente en otros. De mis labios fue bajando y recorriendo mi cuerpo entero, estaba excitadísimo y yo más que él, no quería otra cosa más que seguir ahí, con él, debajo de él.

Cuando abrió la cremallera de mi pantalón pensé que no podía más y al sentir su mano sobre mi sentí –por un momento- morir. Realmente no podíamos más, y él me lo repetía insistentemente al oído, casi gritaba que no podía más.

Se detuvo por un momento y me dijo que lo espere, que no me mueva, que iría en busca de ‘protección’, le dije que era lo mejor que podía hacer en aquel momento. Se sobrepuso, subió su pantalón y fue a su cuarto en busca del látex deseado.

En esos segundos apareció en mi mente la imagen de mi aún novio, traté de pensar en otra cosa pero su rostro seguía allí, mirándome inquisidoramente, quise alejarlo mientras mi amigo venía a mi encuentro, pero se demoraba y yo no podía esperar más.

Me dirigí a la habitación justo cuando él ya tenía en su mano lo que necesitábamos. Nos tendimos en la cama y continuamos con lo que habíamos dejado a medias, mientras la imagen de mi novio no me dejaba en paz, cuando estaba a punto de bajar nuevamente mi jeans me incorporé de un tirón.

No sé si fui una tonta, pero le dije que no podía ‘hacerlo’, que más que bien yo tenía novio y que a pesar de que la relación estaba mal, aún era mi pareja y por tanto no podía acostarme con otro –ni siquiera con él- mientras no terminara lo que aún teníamos.

Sonrió, me besó y me dijo en un tono bastante tierno ‘estás loca’, cómo puedes seguir con alguien a quien ya no quieres… estás loca’, le dí la razón mientras me vestía y él ingresaba al baño, imagino que a terminar –con justa razón- lo que yo había empezado.

Cuando salió, luego de unos minutos, yo ya estaba en la sala, había acabado mi vodka (al menos acabé algo), y tenía hasta la casaca puesta. Me sonrió, se sentó a mi lado y preguntó qué es lo que haría, le dije la verdad: no sabía qué hacer.

Me llevó a mi casa y se despidió con un tierno beso en mis labios, yo terminé esa noche más que confundida, aunque con su riquísimo sabor en mi boca.

Al día siguiente mi novio me buscó, hablamos –otra vez- y quedamos en que seguiríamos intentándolo. Tratamos de que funcione, aunque confieso que no le puse muchas ganas, en el fondo
deseaba que no funcione más, que todo acabe de una vez, pero no quería hacerle daño y preferí esperar, sabía que el fin de lo nuestro estaba cerca.

El día que por fin nos pusimos de acuerdo -mi novio y yo- y decidimos terminar la relación, mi aún pareja me preguntó si alguna vez le había sido ‘infiel’, respiré profundamente y mirándolo a los ojos le dije que no, que nunca hubiera podido ‘hacerlo’ con otro que no haya sido él.

Apenas se fue de mi casa agarré el teléfono y llamé a mi amigo, le dije que iría a verlo en ese preciso momento. Llegué a su depa y apenas abrió la puerta lo besé, no lo dejé hablar, no lo dejé pensar... y lo hicimos, ardiente, apasionadamente, con todas las
ganas que se nos habían quedado ahogadas la última vez que habíamos estado juntos.

Y lo disfruté, no tuve remordimientos… en ese momento, ya no era infiel.

domingo 3 de mayo de 2009

ASI COMENZÓ TODO


Era una extraña sensación, desde el primer momento en que nos vimos sentí ese impacto que me desconcertó, algo que –cosa rara- nunca antes había vivido ni pensé que me sucedería, y menos en aquel lugar ni en aquella ocasión. Luego, él me confesaría que sintió lo mismo esa noche, aunque los dos disimulamos indiferencia, o al menos tratamos de hacerlo, a ciencia cierta no sé si obtuvimos buenos resultados, pero al menos lo intentamos.

Al principio fue una conexión de lejos, solo mantuvimos contacto mediante las miradas, había demasiada gente a nuestro alrededor, y gente conocida, difícil acercarnos de buenas a primeras e iniciar ‘una conversa’, aunque ganas no nos faltaban, de eso estoy segura.

Conforme pasaban las horas y la reunión se prolongaba, la gente se alegraba más y más, y mientras las confianzas se desataban entre unos y otros, logramos acercarnos sin que ello mereciera alguna observación especial por parte de algún curioso, cada quien estaba tan sumergido en su diversión que a esas alturas era poco probable que alguien notase nuestras pretensiones de acercarnos.

Sin que nadie viese lo que estaba sucediendo, o lo que iba a suceder, entre uno y otro baile que compar
timos, intercambiamos números telefónicos, además de efusivas miradas y roces entre cuerpo y cuerpo, algo que definitivamente hizo más profundos esos deseos de sentirnos más intensa y personalmente.

Ya al amanecer él se retiró con el grupo de gente con la que había llegado, luego yo haría lo mismo, no sin antes regalarnos –recíprocamente- un par de miradas más, pero en esta ocasión de aquellas que lo dijeron todo sin control, entendimos que lo que vendría luego sería simplemente fuera de lugar.

Necesité de varias horas de reparador sueño. Al despertar, al filo de la tarde, encontré ocho llamadas perdidas en mi móvil; al principio, y estando aún soñolienta, traté de identificar el número que registraba mi aparato telefónico sin mucha suerte. Una vez incorporada y cuando hube recobrado la razón, entendí que aquellos mágicos dígitos pertenecían al celular de él, de ese chico lindo que había conocido la noche anterior.

Pensé en lo qué hacer, las opciones eran sólo dos: esperar a que llamase nuevamente o llamarlo yo. Si lo llamaba, él podría pensar que estaba muy ansiosa o que era muy educada y que, como tal, le estaba devolviendo la llamada; si no lo llamaba, él podría pensar que no me interesaba o que me hacía de rogar, titubeé por varios minutos.

Tras considerar que eran ocho las llamadas que me había hecho decidí apretar la tecla verde de mi celular y ver lo que sucedería. Dos timbradas y un caluroso ‘hola!!!’ bastó para cerciorarme que, efectivamente, ese era el inicio de algo distinto, intenso, algo que ambos ya deseábamos.

A pesar que necesitaba de un buen baño y algo de comida, conversamos un rato pero antes de colgar me propuso
vernos en ese momento, dudé un poco, no sabía que tan bueno sería verlo tan pronto, así que decidí decirle que no -por ahora- y hacer más interesante la espera, aprovechar y ver qué tanto interés y empatía podía nacer -o ya haber nacido- entre ambos.

El lunes me levanté con muy buenos ánimos (cosa que no sucede a menudo cuando empieza la semana), pero esa mañana tenía la sensación de haber conocido a alguien que marcaría mi vida, aún no sabía si para bien o para mal, pero estaba segura que sería alguien importante para mí.

Y no pasó mucho tiempo para recibir un mensaje al celular deseándome que tenga ‘un muy buen día’, obviamente la respuesta -más que inmediata- la hice bajo aquellos mismos términos, durante toda la mañana los mensajes de ida y venida se acrecentaban (así como mi cuenta telefónica) pero no importaba, estábamos embullidos en una especie de letargo que (ahora lo sé) suele sucederle a quienes se sienten embargados por la fiebre del deseo. Al cabo de dos días, y luego de innumerables llamadas telefónicas, decidimos que no dejaríamos que pase más tiempo sin que nos viéramos, y en eso quedamos.

Nos encontraríamos a las diez de la noche. Cuando lo ví llegar, y mientras caminábamos hacia el encuentro, sentí que el corazón se me aceleraba. Al estar uno junto al otro simplemente nos miramos y nos enfrascamos en un intenso y efusivo abrazo, no hubo palabras, no hubo nada más que sentir nuestros cuerpos ardientdo de deseo; y allí, en medio de la calle, estábamos aquel ‘desconocido’ y yo, abrazados, sintiéndonos, deseándonos.

Lueg
o de algunas palabras de saludo inicial coincidimos en ir a tomar algo, nos dirigimos a un bar que estaba bastante cerca de ese lugar, un sitio bastante acogedor. Nos liamos en una tertulia bastante divertida, habíamos tomado mucha confianza, era como si nos conociéramos de toda la vida, mientras tanto sus miradas -directas a mis labios- hacían que el corazón se sacudiera incesantemente dentro de mí.

Lo miraba a los ojos, miraba su rostro y –como no- miraba también sus labios, era inevitable que dejemos de hacerlo. Él estaba igual, mientras me contaba algunas cosas y nos reíamos sin parar, lo único que me gritaba mi interior era el deseo porque me bese, o besarlo yo, daba igual, sentía que ambos necesitábamos juntar nuestros labios y no sabía en qué momento sucedería pero sin duda no tardaría mucho en llegar ese ansiado momento.

Salimos del bar, que quedaba en un segundo piso, y antes de llegar a las escaleras se acercó a mí, me tomó de la mano, juntó su cuerpo al mío y acercó su rostro, no dijo nada, rozó sus labios y su barbilla por mi rostro, me miró una vez más y me besó, despacio, tierno, con pasión.

Luego del primer beso nos abrazamos una y otra vez, con afecto, con ternura. Nuestras manos jugaron un rato, mientras los interminables besos iban y venían sin parar, nuestras lenguas jugueteaban y me encantaba estar así.

Salimos del local, él me llevaba abrazada, sabía lo que vendría después, quería que pase. No sé cuantos besos más nos dimos, cada uno más intenso que el anterior y claro que los
disfrutábamos, me gustó esa recatafila de ósculos incesantes, uno tras otro, mientras la respiración se cortaba y los cuerpos se tocaban.

Subimos al auto y nos dirigimos a un hotel, me sentía rara, mientras nos lanzábamos pícaras miradas en mi interior la pregunta de qué es lo que estaba haciendo allí sucumbía mi cerebro, lo que deseaba, aquello que no debía hacer (no en esa primera cita) pero que quería que pase de una vez.

Antes de bajar preguntó si me encontraba bien, le dije que sí, era obvio que estaba más que bien. Fuimos al ascensor, una vez dentro me volvió a abrazar muy fuerte. Sentí esa extraña sensación de saber que uno está ingresando a un terreno incierto pero que en el fondo sabes que quieres hacerlo.

Lo que sucedió al cerrar la puesta tras de nosotros… ya lo pueden imaginar, no hay necesidad de decirlo, fue simplemente maravilloso.

domingo 26 de abril de 2009

UN PREMIO MAGICO



Hace unas semanas mi buen amigo Shigui, me sorprendió con un PREMIO MAGICO, lo cual me sorprendió grata y enormemente, cuando me enteré la verdad me sorprendí, no sé exactamente qué es lo que hice para ser merecedora… pero me emocioné y lo AGRADEZCO muchísimo.




Así que cumplo con las reglas del PREMIO…

1.- Exhibir la imagen del Premio

2.- Colocar el enlace de la persona que te lo ha regalado


3.- Elegir 10 personas para pasárselo


4.- Escribirles un mensaje en su blog para comunicarles el premio.


Así que a continuación la lista de los Blogger a los que les pasé el PREMIO MAGICO…


http://viajealcentrodelafemina.blogspot.com/

http://letrasquehablan.blogspot.com/

http://soylaunicayseacabo.blogspot.com/

http://fabyirias.blogspot.com/

http://nocensuras.blogspot.com/

http://my-dulcepesadilla.blogspot.com/

http://hablamicorazon.blogspot.com/

http://claudy89.blogspot.com/

http://elblogdelchiconube.blogspot.com/

http://lahabitaciondelasfantasias.blogspot.com/


http://ifthewordendstomorrow.blogspot.com/

http://paquitaesunadiosa.blogspot.com/

miércoles 15 de abril de 2009

EN EL MOMENTO MENOS PRECISO


De pronto aparecieron, como por arte de magia, una serie de imágenes –como si se tratara de una película antigua que presenta fallas técnicas- que me reflejaban (justo en ese momento) algunos episodios que había compartido con el ex y que no pudieron aparecer en peor momento más que en ese.

Cuando comencé a salir con R no sabía a ciencia cierta qué es lo que podía pasar, pero claro estaba que me gustaba un poco y que –definitivamente- yo no le era indiferente, fue justamente por eso que me una tarde me dije a mi misma ‘vamos a probar, de repente resulta algo… a ver qué pasa’.

La primera vez que salimos fue a tomar un café y luego al cine, cosa que no estuvo tan mal como pensé cuando me dijo los planes que tenía para esa cita, al menos me permitió escoger la película y compartimos el pop corn, más no las bebidas, así que íbamos con calma, como debe ser toda primera cita, respetamos esos parámetros.

Conocía a R desde hacía un tiempito pero siempre por una u otra razón solo nos habíamos saludado con un temeroso ‘hola’, incluso a veces el saludo era desde lejos. Cierto día me sorprendió verlo acercarse a mí saludarme, darme su nombre, preguntarme por el mío e invitarme muy alegremente a tomar un refresco en la cafetería que se encontraba a un par de metros de donde estábamos.

Después de muchos ‘holas’ y pequeñas conversas un día me pidió el correo electrónico y esa misma noche ya estábamos chateando y conociéndonos un poco más, lo cual hizo que vea más allá de aquel chico medio tímido que conocía y con el que hasta hacía unos días no pasaba de un simple hola.

Luego iríamos a ver libros, comer helados y hasta a pasear por la playa, lo que me permitió, en el ínterin, conocer más y apreciar a este chico que en poco tiempo se convirtió en una persona especial para mí; un día –incluso- me descubrí a mi misma pensando en él y tratando de descubrir cuánto realmente me gustaba.

Una de esas noches llegó el tan ¿ansiado? primer beso, estábamos en la puerta de mi casa y –como siempre- conversábamos dentro del auto un rato, riéndonos de todo y mirándonos como para adivinar quien haría el primer acercamiento, como si fuéramos un par de quinceañeros, lo cual estaba completamente fuera de lugar, pero bueno, las cosas se dieron así.

Cuando se acercó simplemente sentí allí mismo lo mucho que me gustaba, nos besamos y la verdad es que después de mucho tiempo, me pareció lindo sentir un beso tan tierno, sí, debo confesar que me gustó mucho y quizás por eso lo repetí varias veces más.

Nos abrazamos, nos dijimos un par de cosas como que teníamos que ir despacio y ‘ver qué pasa’ (creo que ésta se ha convertido en una de mis frases favoritas últimamente), lo que algunos solemos decir cuando no estamos muy seguros de saber qué es lo que queremos tener con la otra persona, y como yo me encontraba en ese trance lo mejor era soltar esa frase.

Y así repetimos el ritual de ósculos sucesivamente, una tras otra noche, y, como es lógico, con el transcurso de los días los besos se iban acelerando cada vez más, aunque siempre retomábamos la cordura y nunca, hasta ese momento, hablamos de nuestras ganas de ir más allá, pero sabíamos que eso sucedería en cualquier momento.

Hasta que ese sábado fuimos a una reunión de amigos, la pasamos más que bien, bailamos, tomamos un poco, nos relajamos. Al cabo de unas cuantas horas decidimos retirarnos y así lo hicimos, estaba claro que esa noche daríamos rienda suelta de lo que tanto habíamos postergado.

R detuvo el auto en una calle bastante solitaria, bueno a las dos de la mañana la mayoría de calles está bastante sola, se acercó y nos besamos apasionada y repetidamente, ambos esperábamos dar el siguiente paso y –repito- sabíamos que de esa noche no pasaría.

Nos besamos y nos dijimos aquellas frases que cuando uno se encuentra muy hot suele decir, me preguntó si quería que pase (se sobreentiende qué era lo que quería), a lo que respondí con un ‘por supuesto’, no hubo necesidad de decir más, prendió el auto y nos dirigimos a un hotel.

R bajó a hacer los trámites de rigor y mientras estuve sola en el auto esperándolo pensaba en lo que estaba a punto de suceder y que, definitivamente, yo deseba que pasara. Regresó, abrió la puerta y tomados de la mano nos dirigimos al cuarto, me abrazó muy fuerte, pude sentir su olor, su cuerpo, era distinto, agradable pero tan distinto a lo que tuve antes.

Ingresamos a la habitación, se acercó a mí y me preguntó si estaba bien, le dije que sí. Entonces me miró fijamente a los ojos y dijo que había esperado mucho tiempo por lo que iba a pasar, que quería iniciar algo serio conmigo, que le gustaba mucho, y mientras hablaba tantas cosas lindas mi mente se iba de ese lugar, trataba de quedarme con él pero simplemente ingresaban a mi mente imágenes pasadas que no me dejaban procesar lo que R tan románticamente me decía.

Me besó y yo respondí, nos besamos varias veces, nos abrazamos, me guió hacia el lecho, yo seguí la ceremonia que en estos casos se suele hacerse y prontamente R ya estaba sobre mí, lo cual no me molestaba sino todo lo contrario, me besaba con mucha ternura y yo trataba de disfrutar el momento, trataba de sentirlo, de no irme de ese lugar.

Algo pasó, no se qué fue, le dije que espere, que necesitaba ir al baño, que no se mueva de allí, una vez dentro de la pequeña habitación me miré en el espejo y rompí en llanto, traté de calmarme pero las lágrimas afloraban y escurrían por mi rostro sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.

Sentí cuando R se levantó de la cama y por la rendija de la cerradura me di cuenta que había prendido la luz, se acercó y me preguntó si me pasaba algo, le dije que no, que ya iba a salir.

Me tomó varios minutos reponerme y poder abrir la puerta, cuando lo hice me acerqué a él y le dije ‘lo siento’, me miró y sin decir nada me besó en la frente ‘es él, ¿no?, aún no puedes olvidarlo, es eso ¿no?’, preguntó; me dio pena decirle que sí, que era eso lo que me estaba matando.

Sin escuchar una respuesta me besó la mano y me dijo que entendía, que no me preocupara, ‘sé que es difícil para tí, pero quiero que sepas que yo estoy aquí y que esperaré por tí, no eternamente, pero esperaré a que estés lista, solo avísame cuando eso suceda’.

Cogió mi cartera y salimos de la habitación. Durante el camino a mi casa no dijimos nada, al llegar volvió a preguntarme si me sentía bien, le dije que sí, quise explicarle, pedirle que me disculpara, decirle que lo sentía mucho pero no me dejó, me volvió a abrazar mientras me repitió al oído: ‘te esperaré el tiempo que quieras’.

Dejé que pasen unos días en los que pensé sobre qué era lo que realmente quería tener, estaba dejando ir a un chico maravilloso, empeñada –talvez- en cosas que nunca más sucederán, tenía que acabar con eso y permitirme sentirme bien.

Hasta que anoche cogí el teléfono, marqué su número y solo dije ‘R, estoy lista, no esperes más’.